Verano de 1999, después de sortear dificultades de todo tipo, llegamos a la ciudad de Lhasa. Frente a mis ojos, lo nunca imaginado: la opulencia del sistema capitalista en la zona colonizada por el Partido Comunista Chino, frente a la miseria del barrio tibetano. Pero lo que más me conmovió fue cómo la ciudad permanecía sitiada por cuarteles militares y cómo desde esos campamentos militares con sus cañones de largo alcance se apuntaba al Portala, el palacio y templo budista, antiguo lugar de residencia del Dalai Lama. En la ciudad de la no violencia, el aire espeso solo contenía miedo, miedo a hablar, miedo por las consecuencias.
Preguntamos por un joven profesor de inglés tibetano al que mi acompañante conoció cinco años antes y que se encontraba preso en una “cárcel de reeducación”, pero nadie se atrevía a hablar de él, ni siquiera su familia. Su delito: enseñar inglés a los niños de un orfanato, quizás, también su lengua materna, el tibetano, prohibida por el Partido Comunista chino desde la invasión de Tíbet en 1959. Sobrecogidos, seguimos buscando con discreción y temor, pero nos sentíamos observados. Tuvimos constancia de ello en casa de unos pastores tibetanos que nos ofrecieron té con mantequilla de yak. Un policía vestido de azul marino se dejo ver por fin y nos siguió durante nuestra visita al templo de Ghanso. A pesar de ello conseguí entregar a un monje budista una postal del Dalai Lama que había logrado ocultar. Él besó mis manos. Sonreía y lloraba al mismo tiempo, mientras me hablaba bajito en inglés. Lloré con él y me prometí que denunciaría todo lo vivido aquel agosto de 1999. Y lo hice en mi condición de diputada en el Congreso, en la Comisión de Asuntos Exteriores. El debate fue tenso, pero se alcanzó un acuerdo que nunca se cumplió. La razón, siempre la misma: los intereses económicos y políticos se anteponen a los derechos humanos. Triste realidad. Ocho años después me entero de que en Lhasa hay enfrentamientos entre la población tibetana y la china, se habla de más de 100 muertos, pero ¿a quién le importan frente al gigante asiático? Nos preocupamos por el desarrollo económico de China, pero no de su falta de libertades y de respeto a los derechos humanos, y mucho menos recordamos la invasión de Tíbet. Nadie se atreve con el omnipotente Partido Comunista chino. Qué tristeza, me siento incapaz de ser ajena al sufrimiento de un pueblo que sólo pide que se cumplan los acuerdos de autonomía – no de independencia – firmados en Pekín por el Dalai Lama y el Gobierno Comunista Chino. Hoy, mis queridos tibetanos, sabed que seguiré denunciando vuestra situación. Aprendí de vosotros a devolver sonrisas frente a bofetadas; perdón y compasión, frente a barbarie. Hoy más que nunca quiero levantar mi voz contra la injusticia que sufrís, exijo que pare la violencia contra el pueblo tibetano. Hoy yo también soy tibetana.
